Audemars Piguet: 150 años dando forma al tiempo con maestría
Redacción: Laura Pinillos
Celebrar siglo y medio de existencia es un logro extraordinario. Pero hacerlo con coherencia, manteniendo intacto el espíritu fundacional mientras se reinventa con audacia, es algo reservado a los grandes. Así es el legado de Audemars Piguet, la icónica firma suiza que no solo ha acompañado el paso del tiempo, sino que lo ha esculpido con precisión, arte y carácter. Desde los paisajes nevados de Le Brassus hasta las vitrinas más exclusivas del mundo, esta casa relojera ha tejido una historia donde tradición y vanguardia no se enfrentan, sino que bailan al mismo compás.
Archivos relacionados con un reloj encargado en 1914 por el emperador de Austria, este reloj, No. 18563, apodado «la pieza grande», fue entregado a Smith & Sons en 1918. Contaba con un total de 20 funciones, todo un reto. Cortesía de Audemars Piguet.
Edificio ubicado en 16 Route de France en el pueblo de Le Brassus, un emblema para su crecimiento. Cortesía de Audemars Piguet.
Cumplir 150 años no es poca cosa. Pero hacerlo sin perder el rumbo, manteniéndose fiel a una visión original, con un pie en la tradición y otro dando pasos firmes hacia el futuro, eso sí que es admirable. Así es la historia de Audemars Piguet, la legendaria casa suiza de relojería que no solo ha medido el tiempo durante siglo y medio, sino que lo ha transformado.
Todo empezó en un rincón idílico de los Alpes suizos, en el pequeño pueblo de Le Brassus, en el Vallée de Joux. Hoy parece el lugar perfecto para unas vacaciones de esquí o para escribir una novela introspectiva, pero en 1875 era ya un hervidero de talento relojero. Allí, entre montañas y herramientas de precisión, Jules-Louis Audemars y Edward-Auguste Piguet decidieron unir fuerzas. El primero, técnico minucioso; el segundo, con un olfato comercial impecable. El dúo perfecto.
Juntos fundaron lo que se convertiría en una de las grandes casas relojeras del mundo. Desde ese mismo taller, en el mismo punto exacto donde hoy sigue latiendo el corazón de Audemars Piguet, comenzó una historia de ingenio, superación y arte mecánico. Porque sí, sus relojes no solo dan la hora: cuentan historias, marcan épocas y, sobre todo, hacen soñar.
Del bolsillo a la muñeca: una revolución discreta (pero potente)
En los inicios, los relojes eran otra cosa. Literalmente. Eran de bolsillo, símbolo de distinción y masculinidad. Consultar la hora en público era un gesto reservado casi en exclusiva a los hombres. ¿Por qué? Entre otras cosas, porque los vestidos de las mujeres ni siquiera tenían bolsillos.
Pero entonces llegó el reloj de pulsera. Y, como suele ocurrir, todo cambió cuando las mujeres empezaron a hacer suyo lo que se consideraba “inadecuado”. Una de las primeras fue Carolina Murat, reina de Nápoles y hermana de Napoleón Bonaparte, que encargó en 1810 un reloj de pulsera al mítico Abraham-Louis Breguet. O tal vez fue la mismísima Isabel I de Inglaterra en el siglo XVI. Como siempre, la historia tiene sus debates.
Sea como sea, la aparición del reloj pulsera marcó un antes y un después. Y Audemars Piguet supo verlo. Empezaron creando delicadas piezas femeninas en forma de colgantes, broches o anillos. El objetivo: hacer relojes cada vez más pequeños y sofisticados. ¿El resultado? Un dominio absoluto de la miniaturización que allanó el camino para piezas de muñeca cada vez más artísticas y técnicas.
Para las primeras décadas del siglo XX, los relojes femeninos eran ya pequeñas joyas en sí mismas. Literalmente. Piedras preciosas, esmaltes, perlas… Audemars Piguet no solo medía el tiempo, lo engastaba.
En su Museo Atelier, uno puede ver verdaderas maravillas como el boceto de un reloj de pulsera femenino de 1914 con cronógrafo y repetición —una doble complicación técnica impresionante para su tamaño— o el reloj colgante de 1918, con gemas incrustadas y collar de perlas, una pieza entre la alta relojería y la alta joyería. Y todo esto, antes de que los hombres siquiera aceptaran llevar relojes en la muñeca (cosa que solo sucedió después de la Primera Guerra Mundial, por pura practicidad en el campo de batalla).
Royal Oak: el giro que cambió la historia
Hablar de Audemars Piguet sin mencionar el Royal Oak es como hablar de rock sin mencionar a los Beatles. En 1972, cuando el mundo de la relojería suiza temblaba ante la irrupción de los relojes de cuarzo japoneses, la maison suiza lanzó un órdago: el primer reloj deportivo de lujo, de acero, con forma octogonal, tornillos a la vista y brazalete integrado. Una osadía que firmó Gérald Genta.
¿El resultado? Al principio, escándalo. Después, revolución. Hoy, mito.
Y por si fuera poco, en 1976, ese icono fue reinterpretado en clave femenina por Jacqueline Dimier, quien durante casi 25 años lideró el departamento de diseño de Audemars Piguet. Su versión de 29 mm era refinada, elegante, y mantenía el espíritu audaz del original. Otra vez, las mujeres abriendo caminos.
Reloj de pulsera en miniatura Gemset fabircado en 1928. Calibre 5/7SB, el más pequeño de su tiempo. Cortesía de Audemars Piguet.
150 años después… en el mismo lugar
Puede que hayan pasado guerras, recesiones y revoluciones tecnológicas. Que hayan surgido competidores por todas partes. Pero Audemars Piguet sigue ahí, en Le Brassus. En el mismo valle donde empezó todo. Con el mismo compromiso con la excelencia, la innovación y, por supuesto, con una forma de entender el tiempo que va más allá de los segundos: es historia, arte y una pizca de magia mecánica.
Porque al final, eso es lo que hacen en Audemars Piguet: dar forma al tiempo. Y hacerlo con clase.
Archivos de Audemars Piguet sobre la evolución de sus relojes. Cortesía de Audemars Piguet.
Reloj de joyería «Tutti Frutti» fabricado en 1929. Cuenta con rubíes, zafiros, esmeraldas y diamantes. Cortesía de Audemars Piguet.