La verbena que toda novia querría vivir: así fue la boda de Carlos y Lara

Inspiración de bodas

Redacción: Laura Pinillos

Las bodas ya no hablan solo de vestidos, flores o mesas bonitas. Cada vez cuentan mejor quiénes son los novios, de dónde vienen y qué historias quieren compartir con quienes más quieren. La de Lara y Carlos es uno de esos enlaces que trascienden las tendencias para convertirse en una auténtica declaración de identidad: una celebración inspirada en la huerta valenciana, en las verbenas de verano y en la tradición entendida desde una mirada contemporánea. El resultado fue una fiesta inolvidable entre naranjos centenarios donde cada detalle, desde la gastronomía hasta una espectacular tarta de tres metros firmada por la propia novia, tenía algo que contar.

Fotografía cortesía de @porpartedelanovia

Fotografía cortesía de @porpartedelanovia

Hay parejas que organizan una boda. Y luego están Lara y Carlos, que montaron una verbena. Con naranjos centenarios, vermut, música en directo, puestos de comida, amigos sirviendo la tarta y cero ganas de parecerse a cualquier otra celebración. Porque cuando la novia es la fundadora de Pepina Pastel, ya puedes imaginar que aquí lo convencional no tenía ninguna invitación.

Su historia comenzó hace nueve años donde empiezan muchas buenas historias valencianas: en una comisión fallera. Compartían pólvora, tradiciones y amor por las Fallas, pero fue en 2017, cuando Lara era Fallera Mayor, cuando dejaron de coincidir para empezar a elegirse. Tras casarse en una ceremonia íntima en Zaragoza, una ciudad muy especial para ambos, decidieron regalarse —y regalar a los suyos— la fiesta que siempre habían imaginado. Sin prisas, sin protocolos innecesarios y con una única obsesión: que todo el mundo se sintiera como en casa.

Todos los detalles de la boda

El escenario parecía escrito para ellos. Huerto de Ribera, en Carcaixent, con su arquitectura modernista rodeada de naranjos, no fue simplemente una finca bonita; fue el punto de partida de toda la inspiración. Porque esta boda no utilizó la huerta valenciana como tendencia estética. La convirtió en protagonista.

Desde el primer momento, el equipo de Pitillados Planner entendió que aquello no iba de organizar una boda al uso, sino de construir una experiencia. Junto al trabajo floral de A Flor de Piel, transformaron la finca en una plaza de pueblo en plena fiesta mayor. Los cítricos convivían con la vegetación del propio espacio, las mesas invitaban a mezclarse y perder el asiento dejó de ser un problema para convertirse en una virtud. Y la cartelería y las ilustraciones para los invitados estubo a cargo de Diana Pink Art.

Aquí no existía el típico cóctel que termina demasiado rápido ni el banquete de horarios marcados. En su lugar aparecían puestos de madera con cocina recién hecha, pizzas saliendo del horno, vermut servido como manda la tradición, cerveza bien fría y ese ambiente que consigue que nadie mire el reloj. San Blas Events puso la gastronomía, mientras nombres tan valencianos como Agustina Vermut, Del Poble Pizzería o Cerveza Turia terminaron de construir una celebración con sabor local.

Y, por supuesto, la música no era un complemento: era la columna vertebral de toda la fiesta. Un gran escenario presidía la finca para que conciertos, actuaciones y sesiones de DJ se fueran sucediendo durante toda la jornada. La producción musical de Zulu Music, junto al sonido e iluminación de Audio Net Professional y la sesión final de César Simó, consiguieron exactamente eso que todas las parejas buscan y pocas logran: que la pista estuviera llena desde el primer minuto hasta el último.

Los detalles que más importan

Entre tantos guiños al territorio hubo uno especialmente inolvidable: el ramo de Lara, compuesto por alcachofas y ramas de olivo. Un gesto inesperado que resumía perfectamente el espíritu de toda la celebración: reinterpretar la tradición sin perder su esencia.

Pero si había un momento que todos esperaban, era el de la tarta. No todos los días la novia es, además, una de las pasteleras más reconocidas del panorama nupcial. Lara, alma de Pepina Pastel, no iba a conformarse con cualquier pastel. La pieza que diseñó para su propia boda medía tres metros de largo y estaba elaborada artesanalmente, decorada con rosas frescas comestibles, eucalipto y cítricos que parecían recién recogidos del propio huerto.

Lo mejor, sin embargo, no fue su tamaño. Ni siquiera su espectacular puesta en escena. Fue la forma de compartirla. Mientras sonaba Son mis amigos, de Amaral, fueron precisamente sus amigos quienes la cortaron y la sirvieron a todos los invitados. Un momento espontáneo, emotivo y profundamente simbólico que convirtió uno de los rituales más clásicos de cualquier boda en un homenaje a las personas que habían acompañado a la pareja durante todos estos años.

Vestido de novia con flores de Sophie et Voilá

Fotografía cortesía de @porpartedelanovia

Las fotografías de Por Parte de la Novia capturaron precisamente eso: una boda que no buscaba la perfección, sino la verdad. Imágenes llenas de movimiento, abrazos, risas y esa luz de verano que solo existe cuando cae la tarde entre naranjos. Mientras, Teresa Suñer fue la encargada de inmortalizar en vídeo una celebración pensada para ser vivida, pero también recordada.

En cuanto al estilismo, Lara apostó por un vestido firmado por Tousette by Josep Puerta junto con una segunda firma de Cherubina, un maquillaje natural de La Novia Hair & Makeup y un peinado realizado por Jaime Lozano Perruquers. Carlos eligió un traje de Scalpers con la misma filosofía que impregnó todo el enlace: elegancia sin artificios.

Quizá esa sea la razón por la que esta boda funciona tan bien. No intentó parecer mediterránea: lo era. No buscó seguir una tendencia de Pinterest: creó un recuerdo colectivo. Lara y Carlos demostraron que las mejores celebraciones no son las que sorprenden por exceso, sino las que consiguen que cada invitado sienta que ha formado parte de algo irrepetible.

Fotografía cortesía de @porpartedelanovia

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