María y Guillermo: la prueba de que las mejores bodas son las que no intentan ser perfectas

Inspiración de bodas

Redacción: Redacción

Hay bodas bonitas y luego están esas bodas que consiguen que quieras revisar Pinterest, escribirle a tus amigas y replantearte seriamente casarte en una finca rodeada de encinas. La de María y Guillermo fue exactamente eso: una celebración divertida, elegante sin esfuerzo y llena de detalles personales donde hubo flores silvestres, Coldplay, muchísimas velas y 270 invitados convencidos de que no querían que la fiesta terminara nunca.

Fotografía cortesía de Borea

Fotografía cortesía de Borea

Las bodas tienen distintos tipos de invitados: los que lloran desde la ceremonia, los que preguntan a qué hora sale el jamón y los que, semanas después, siguen hablando del catering en cada comida familiar. En la boda de María y Guillermo hubo de todos, pero especialmente de los terceros. “La gente sigue diciéndonos que ha sido el mejor catering que han probado”, cuenta María. Y sinceramente, si consigues que 270 personas recuerden igual de bien el amor de los novios y las croquetas, probablemente hayas hecho algo muy bien.

María, de Mérida, y Guillermo, de Olivenza, se conocieron gracias a un amigo en común cuando eran prácticamente unos niños. Luego llegó Madrid, la universidad y todos esos planes improvisados que terminan convirtiéndose en recuerdos importantes. “Entre novatada y novatada surgió algo más que una amistad”, cuenta ella. Aunque tardaron un tiempo en formalizar lo suyo —“éramos muy jóvenes”—, en 2015 decidieron apostar de verdad por la relación. Y desde entonces no se han soltado. “Hemos crecido prácticamente de la mano, acompañándonos en todas las etapas importantes de nuestra vida”.

La pedida de mano ocurrió en Lisboa, durante un viaje sorpresa por el cumpleaños de María. En un mirador, muertos de vergüenza y probablemente fingiendo naturalidad delante de turistas portugueses, Guillermo hizo la gran pregunta. “Aunque sabía que ese momento acabaría llegando, jamás imaginé emocionarme tanto”, cuenta.

Una celebración íntima, pero a lo grande

La boda, obviamente, tenía que celebrarse en Extremadura. La ceremonia religiosa fue en la Basílica de Santa Eulalia y después todos se trasladaron a Dehesa Las Rozas, una finca rodeada de encinas donde consiguieron algo bastante complicado: que una boda de 270 personas se sintiera acogedora y familiar que disfrutaron del delicioso Campuzano Catering.

Porque sí, originalmente querían algo íntimo. Pero claro, luego empiezas a sumar amigos de la infancia, universidad, Madrid, colegio mayor, familia, amigos de amigos y personas que “obviamente tienen que venir” y acabas organizando prácticamente un festival emocional. “Nos dimos cuenta de que era imposible hacer algo pequeño”, admite María.

Por suerte estaban Blanca y Almudena, de Bambarela, salvando la estabilidad mental de los novios hasta el último minuto. “Yo soy bastante indecisa y hubo muchas cosas que dejamos directamente en sus manos”, cuenta María. Y probablemente esa sea una de las decisiones más inteligentes que puede tomar cualquier novia.

La estética del día fue exactamente lo que debería ser una boda en mitad de la dehesa extremeña en pleno verano: cálida, relajada y preciosa sin esfuerzo aparente. La iglesia se llenó de abanicos coloridos porque el calor allí no entiende de romanticismo y la cena se iluminó con muchísimas velas y pequeñas lámparas que hacían que todo pareciera una película italiana rodada al atardecer.

Las flores las firmó Manu Fernández Flores y Eventos, responsable también de uno de los protagonistas silenciosos del día: el ramo de María. Un bouquet silvestre, asimétrico y lleno de margaritas y flores de campo que parecía recién cogido de una escapada romántica por la Toscana. “Hasta el último momento no sabía cómo iba a ser, pero cuando me mandaron la prueba me enamoré”, cuenta.

El vestido nació junto a De la Cruz Atelier y siguió la misma filosofía que toda la boda: menos artificio y más personalidad. “No quería verme disfrazada”, explica María. El diseño era limpio, elegante y effortless —o al menos esa clase de effortless que requiere bastantes pruebas y muchísimo criterio— y lo combinó con zapatos de Lola Cruz y  un beauty look natural trabajado de la mano de Carmen Peña y Lapeludemanolo.

Guillermo llevó un impecable chaqué azul noche de Old Jeffrey con chaleco beige de lino y corbata burdeos estampada. Pero el verdadero detalle emocional estaba en su muñeca: un reloj antiguo heredado de su abuelo que su padre le entregó unos días antes de la boda. Y sí, probablemente ese momento merecía su propia película.

Vestido de novia con flores de Sophie et Voilá

Fotografía cortesía de Borea

Los momentos únicos que recordaran

Uno de los momentos favoritos de María fue la entrada improvisada al cóctel. No querían hacer entrada oficial porque les daba un poco de vergüenza, pero después de eternizarse haciendo fotos con Borea Photo, alguien puso “Viva la Vida” de Coldplay y todo el mundo empezó a gritarles como si acabaran de ganar Wimbledon. “Fue increíble”.

La música, de hecho, tuvo muchísimo protagonismo durante toda la boda. Andrés Roldán animó el cóctel y consiguió que nadie se quedara quieto ni un minuto. Después, Ramón, de Sunera Events, convirtió la pista de baile en el sitio donde claramente había que estar. La playlist de la cena incluía himnos universales como “Dancing in the Moonlight” o “Mamma Mia”, porque hay canciones que funcionan igual de bien en una boda extremeña que en un karaoke a las dos de la mañana.

Por supuesto, ninguna boda realmente divertida está completa sin un mínimo incidente de transporte. El coche clásico con el que salieron de la iglesia casi termina chocando con el tren turístico de Mérida. “Con la emoción casi nos lo llevamos por delante”, cuenta María. Por suerte, quedó simplemente en una anécdota más para añadir a una boda que, como todas las buenas bodas, fue menos perfecta y muchísimo más divertida.

Fotografía cortesía de Borea

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Fotografía cortesía de Borea

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