Una boda en un oasis medievo, de la mano de Carla y Hugo

Inspiración de bodas

Redacción: Laura Pinillos

Carla y Hugo sellaron su amor en un rincón perdido de Castellón, una aldea que con el tiempo se ha convertido en su refugio, un oasis donde el aire es puro y el bullicio de la ciudad queda en un eco lejano. Un paraje que, en el día más especial de sus vidas, decidieron compartir con aquellos que siempre han sido testigos de su historia.



Fotografías de Clemente Vergara / África Pitarch / Lucas Momparler / Paula Collado

Fotografías de Clemente Vergara / África Pitarch / Lucas Momparler / Paula Collado

Su historia 

La suya es una historia que deja semillas por todos los paisajes de España. Se conocieron en la brisa salada de Jávea, en una cala de aguas cristalinas, donde el destino se confabuló a través de la hermana de Carla. Sin embargo, su primer encuentro quedó suspendido en el tiempo hasta seis meses después, cuando el hilo invisible que los unía por fin se tensó. Pero la vida, caprichosa y siempre en movimiento, les puso una prueba: Carla recibió una oferta laboral en Barcelona y tuvo que partir.

Así comenzó su historia a distancia, un amor que desafió los kilómetros y se sostuvo firme durante casi tres años. Hasta que un día, sin dudas ni titubeos, Hugo decidió seguir su corazón y mudarse con ella. Ella trabaja como artista y creativa, él como director de arte y cuando el ajetreo de la vida cosmopolita les satura, cogen carretera y manta para respirar en su propio oasis: una aldea perdida en Castellón. Sitio donde decidieron celebrar su boda. 

Su vestido

Desde el principio, Carla tuvo claro que su boda sería un reflejo de su espíritu: sin ataduras, sin convencionalismos, con la belleza de lo natural. Su gran amiga Anna Vila-Homs fue la artífice de su look: rizos sueltos acariciados por el viento y un rubor ligero que iluminaba su rostro con la frescura de quien es feliz.

El vestido, un hallazgo de la firma Coperni, lo descubrió en la inmensidad de internet. Era una pieza etérea, con un diseño asimétrico que jugaba con la libertad de lo inesperado: corto por delante, con una cola ondeante que parecía danzar con cada paso. En su cuello, una flor en tamaño extra grande se convertía en símbolo de su esencia: moderna, sensual y espontánea. A sus pies, unos mules de Miu Miu, elegantes pero cómodos, como ella misma afirma, “unos zapatos que podría usar en su día a día”.

Su ramo de flores fue una composición donde se fusionó la maestría de Atelier Home Valencia y las flores silvestres que ella misma había recogido la tarde anterior de la pradera junto a su casa familiar.

Rocío Jewels, joyera artesana muy cercana a los novios, fue la que se encargó de diseñar las alianzas. Los dos diseños equidistan desde la distancia con sus diferencias aunque parten de una forma irregular y con texturas. La de Carla llevaba incrustados cuatro diamantes heredados de su abuela Amparo, un legado de generaciones; la de Hugo, en cambio, era más sobria, un clásico reinventado.

Por su parte, Hugo apostó por la elegancia desenfadada de Carlota Barrera, un total look de la diseñadora en tonos tierra acompañando su atuendo con unos zapatos de piel de Hereu, de la misma paleta de colores.

Vestido de novia con flores de Sophie et Voilá

Fotografías de Clemente Vergara / África Pitarch / Lucas Momparler / Paula Collado

La boda

La celebración tuvo lugar en una aldea medieval al norte de Castellón, a unos kilómetros de Morella. Sus calles empedradas y su aire antiguo envolvieron la ceremonia de un encanto atemporal. Lo que empezó como un encuentro íntimo, pronto se convirtió en un fin de semana de alegría compartida, un paréntesis donde los invitados dejaron atrás la rutina para perderse en la magia de aquel rincón apartado.

Consciente de que no querían formalidades ni reglas impuestas, la pareja llegó junta, de la mano, a la ceremonia. 140 testigos aguardaban con sonrisas cómplices el momento en que Carla y Hugo pronunciaran su sí. Pero la mayor sorpresa la dieron sus familias: en mitad de la celebración, una rondalla irrumpió en la escena, llenando el aire con melodías tradicionales que avivaron las emociones de todos los presentes.

El banquete se celebró en la plaza del pueblo, al más estilo de las típicas fiestas tradicionales. Rocío y Anna de Gula Catering lograron lo imposible: transformar aquel entorno en un espacio idílico sin alterar su esencia. Y de postre, una gran tarta de merengue con limón y frutos rojos puso el toque dulce a la velada.

Los detalles estuvieron pensados con mimo: las servilletas de la cena, personalizadas con las iniciales de cada invitado, fueron ilustradas por África Pitarch, la hermana de Carla. Las flores, de De Fulanito y Menganita, reposaban en delicados jarrones de cristal, pequeños destellos de vida que completaba la escena.

Fue una boda rústica, relajada y llena de amor. Un recuerdo imperecedero para todos los que fueron parte de aquella historia, un instante detenido en el tiempo que seguirá vibrando en el corazón de quienes lo vivieron.

Fotografías de Clemente Vergara / África Pitarch / Lucas Momparler / Paula Collado

Fotografías de Clemente Vergara / África Pitarch / Lucas Momparler / Paula Collado

Fotografías de Clemente Vergara / África Pitarch / Lucas Momparler / Paula Collado

Fotografías de Clemente Vergara / África Pitarch / Lucas Momparler / Paula Collado

Fotografías de Clemente Vergara / África Pitarch / Lucas Momparler / Paula Collado

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Fotografías de Clemente Vergara / África Pitarch / Lucas Momparler / Paula Collado

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Fotografías de Clemente Vergara / África Pitarch / Lucas Momparler / Paula Collado

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Fotografías de Clemente Vergara / África Pitarch / Lucas Momparler / Paula Collado

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