Una boda muy suya: los detalles del enlace de Nerea y Aingeru

BODAS

Redacción: Redacción

Cantabria fue mucho más que el lugar donde se casaron: fue el hilo invisible que unió la historia de Nerea y Aingeru con su manera de celebrar. Entre el verde húmedo de la tierra, la música en directo y un vestido pensado para emocionar, su boda se construyó como un homenaje al tiempo compartido, a la familia y al arte de vivir despacio. Una ceremonia íntima, atravesada por la luz del otoño y los gestos que no se olvidan, donde cada detalle —de la orquídea del ramo al lema bordado en la levita del novio— hablaba de un amor tranquilo y profundamente suyo.

Fotografía de Más que Momentos

Fotografía de Más que Momentos

Algunas bodas no se entienden sin los lugares que las han visto crecer. En el caso de Nerea y Aingeru, su historia se despliega entre bares de Bilbao, veranos infinitos en Cantabria y atardeceres salados en Formentera. Fue precisamente allí, dentro del agua y con el sol cayendo sobre el horizonte, donde llegó la pedida en agosto de 2024.Formentera es nuestra isla, nuestro sitio. Tenía que ser ahí”, recuerda Nerea. El gesto fue sencillo, pero definitivo, como su manera de quererse: sin ruido, pero con intención.

Se conocieron en 2017, un sábado cualquiera de copas en el bar Gales, en la calle Pozas. Lo que vino después fue un amor que creció despacio, sin aspavientos, hasta convertirse en hogar. Y cuando llegó el momento de imaginar la boda, lo tuvieron claro: querían que hablara de ellos, de sus raíces emocionales y de su manera de entender la celebración. Por eso eligieron Cantabria. La ceremonia religiosa tuvo lugar en la Iglesia de Santa María de la Asunción, en Castro Urdiales, donde Nerea veranea desde pequeña. La fiesta continuó en La Huerta de Cubas, cerca del lugar donde Aingeru pasa sus veranos desde niño. “Aunque vivimos en Bilbao, muchos de nuestros fines de semana y descansos están allí. No podía ser en otro sitio”.

Una boda a su estilo

Fue una boda íntima, con unos cien invitados, pensada para vivirse sin prisas. La organización corrió a cargo de la propia pareja —Nerea dirige Bodas Muy Mía— aunque el día del enlace su equipo tomó las riendas para que ellos pudieran entregarse al disfrute. Desde el principio hubo tres pilares: gastronomía cuidada, una puesta en escena estética y la presencia del arte como hilo conductor. Be Chic Catering se encargó de la propuesta culinaria, que fue uno de los grandes descubrimientos del día. “No habíamos trabajado antes con ellos y fue todo un acierto”.

La decoración floral, firmada por Flores Para Venus, dialogaba con la estación: verdes profundos, toques naranjas y una sensación general de elegancia relajada. En la iglesia, la intervención fue sutil y respetuosa: composiciones silvestres, un centro de altar, copas de acero con manteles antiguos y un arco floral en la entrada. En la finca, el color marfil avainillado aportaba luz a los textiles, mientras el naranja aparecía como guiño cromático al otoño. Incluso los manteles del cóctel fueron pintados a mano por MenthaxPiperita Studio, el proyecto artístico propio. 

La música fue otro de los lenguajes de la boda. Durante el cóctel, un DJ pinchó vinilos en directo. A la entrada al banquete, una bailarina interpretó una coreografía creada para la ocasión. Mientras tanto, la artista Juana de Trazos de Nita —prima de la novia— pintaba un lienzo gigante que hoy cuelga en el salón de su casa. Y ya avanzada la celebración, el grupo Third Floor Rock convirtió la finca en una pista de baile. “Sabíamos que tenían que estar en nuestro día. Fue uno de los momentos más disfrutados”.

Un vestido a medida

El vestido de Nerea fue diseño de Castellar Granados y se construyó como una experiencia compartida con su madre, que la acompañó a todas las pruebas en Madrid. “No se perdió ni una, pasábamos los fines de semana juntas allí. Ha sido muy especial vivirlo así”. Completó su look con joyas llenas de historia: criollas de Suárez regaladas en la pedida, anillo de zafiro, piezas familiares antiguas y una gargantilla que reservó para la fiesta. En los pies, unos salones destalonados de Prada en marfil, clásicos con una silueta especial.

El ramo, de orquídea verde ácido y beargrass, escondía un gesto íntimo. “La orquídea me recuerda a mi madre, siempre tiene una en su cocina. Por eso se lo regalé a ella durante los postres”. Lo acompañaba un atado confeccionado con un retal antiguo de encaje y abalorios. 

Aingeru vistió un chaqué gris marengo de Lander Urquijo, con camisa azul clara bordada con sus iniciales y una levita personalizada con la fecha del enlace y su lema vital: BIBIA BE YEYE (“Todo va a estar bien”). Los complementos hablaban de memoria familiar: gemelos de su abuelo, un sello prestado de su padre y un pañuelo bordado que Nerea le regaló la víspera de la boda.

Vestido de novia con flores de Sophie et Voilá

Fotografía de Más que Momentos

Amor y magia

“Superó nuestras expectativas”, resume Nerea. Y quizá ahí esté la clave: una boda donde nada fue impostado, donde el arte no fue decoración sino lenguaje, y donde cada gesto —desde una orquídea hasta una canción— hablaba de amor, familia y tiempo compartido. Una celebración que no quiso parecer perfecta, sino verdadera.

Fotografía de Más que Momentos

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