Sí quiero (y sí a esta boda): así fue el gran día de Clara y Alberto

Redacción: Laura Pinillos
A veces las mejores bodas no son las que siguen un guion perfecto, sino las que consiguen contar una historia de amor de principio a fin. La de Clara y Alberto fue exactamente eso: una celebración íntima, divertida y llena de pequeños detalles, donde cada detalle —desde una pedida al atardecer en Fuerteventura hasta unos regalos personalizados para sus 200 invitados— hablaba de ellos. Con una ceremonia oficiada por sus propios hermanos, una finca rodeada de naturaleza y una fiesta cargada de momentos inesperados (sí, incluida una improvisada actuación musical del novio), su gran día fue el reflejo perfecto de una pareja que tenía claro lo único importante: celebrar rodeados de la gente que quieren y disfrutar cada minuto.
Hay bodas bonitas, bodas divertidas y luego están esas bodas que te hacen pensar: vale, así sí. La de Clara y Alberto fue una de esas celebraciones que lo tenían todo: emoción de la buena, detalles con sentido, una estética cuidada sin esfuerzo aparente y esa energía tan contagiosa que hace que el día se pase volando y aun así parezca eterno.
Lo mejor es que su historia no empezó con un flechazo de película ni una escena digna de comedia romántica. Todo fue bastante más normal —y probablemente por eso más real—. Se conocieron en la fiesta de unos amigos gracias a la clásica cadena de invitaciones cruzadas: una amiga de Clara la invitó a ella, el novio de esa amiga hizo lo propio con Alberto y el destino hizo el resto, aunque con cierta calma.
“Esa noche no nos hicimos mucho caso”, recuerdan. Nada de conversaciones intensas ni miradas sostenidas al otro lado de la sala. Pero unos meses después volvieron a coincidir y esta vez sí pasó algo. Quedaron una vez, luego otra, después otra más y ya nunca dejaron de hacerlo. “Estoy convencida de que fui yo quien dio el primer paso y empezó a hablarle”, confiesa Clara, dejando claro que aquí las cosas sucedieron porque alguien decidió tomar cartas en el asunto.
La pedida llegó el 1 de febrero de 2025 durante un viaje a Fuerteventura, en uno de esos escenarios que parecen hechos para decir que sí (y el favorito de Clara). Alberto organizó el plan perfecto: una cala preciosa, atardecer de fondo y en mitad de esa puesta de sol, Alberto se arrodilló y formuló la gran pregunta a la que Clara no dudó en responder con un si.
Una boda íntima y cuidada en los detalles
La boda se celebró al completo en la Dehesa de Abantos, donde tuvieron ceremonia, banquete y fiesta. Aunque, curiosamente, no era la finca inicial. Un imprevisto de última hora les obligó a replantearlo todo, algo que terminó jugando totalmente a su favor. “No fue nuestra primera elección, pero siempre digo que todo pasa por algo”, cuenta Clara. Y visto el resultado, cuesta llevarle la contraria. La finca reunía todo lo que buscaban: naturaleza, amplitud, rincones especiales y ese equilibrio tan difícil entre elegancia y calidez.
La ceremonia fue civil y estuvo oficiada por los hermanos de ambos, lo que automáticamente elevó el nivel emocional (y también el de entretenimiento). Familiares y amigos participaron activamente, consiguiendo una ceremonia muy cercana, emocionante y sorprendentemente divertida. “Creemos que es una de las partes que nuestros invitados recordarán con más cariño”, explican. “Fue muy emotiva, pero también tuvo momentos muy divertidos gracias a todas las personas que participaron”.
Aunque hablar de boda íntima con 200 invitados puede parecer un pequeño oxímoron, consiguieron exactamente eso: una celebración multitudinaria pero cercana.
Además, organizaron absolutamente todo ellos mismos. Sin wedding planner, sin delegar grandes decisiones y con bastante entusiasmo por el proceso. “A Alberto le encanta toda la parte organizativa y llevarlo todo con excels”, dice Clara. Una frase que probablemente define bastante bien la dinámica de pareja. “Y yo disfruté muchísimo diseñando cada detalle y toda la parte visual”.
La prueba estaba en detalles como el regalo para invitados: imanes personalizados con el nombre de cada asistente —porque les encanta viajar y volver siempre con uno de recuerdo—, acompañados de especias típicas de tres países en los que habían estado juntos y una dedicatoria individual para cada persona. Detalle bonito, útil y cero olvidable.
La decoración encajó a la perfección con el entorno gracias al trabajo floral de Pajarraka, que terminó de vestir una finca ya de por sí espectacular y con el sello reconocible de Casseroles, responsables también del catering. Y para plasmar su boda y que permanezca en el recuerdo, la pareja aposó por la estética sesibilidad de la fotografía de Lucía Lera y la videógrafa Jenniffer Pincay del equipo Nattier.
Un vestido ‘muy ella’
En cuanto al look, Clara tenía clarísimo que no quería disfrazarse de novia. Después de probarse varios vestidos sin terminar de reconocerse en ninguno, decidió diseñarlo a medida junto a Raquel de Valensole, firma que descubrió por Instagram.El resultado fue un vestido confeccionado en seda y bambula, con escote asimétrico, detalles verticales y quillas en la falda que aportaban estructura y muchísimo movimiento. “Muchísima gente me dijo que era un vestido ‘muy yo’, y creo que no puede haber mejor cumplido”.
Lo combinó con pendientes de Ágatha Paris, el anillo de su abuela Angelita como algo prestado y una liga azul regalo de su mejor amiga. En los pies, unas alpargatas de Castañer porque sí, se puede ser novia y priorizar la comodidad sin renunciar al estilo. “No quería llevar algo que no me pondría en otra ocasión”.
El ramo, en tonos granates, rojos y rosas, tenía como protagonista al clavel. Una elección muy pensada: “Es la flor favorita de mi madre y también una de las mías, así que desde el principio tuve claro que quería incluirla”.
Alberto, por su parte, apostó por una apuesta segura: chaqué clásico de tres piezas en gris marengo de Sagaz, camisa blanca, corbata burdeos con detalles verdes y gemelos personalizados con sus iniciales.
Momentos únicos y nuevas voces
Durante la comida celebraron además el cumpleaños de sus abuelos, que cumplían 90 y 91 años, cantándoles junto a todos los invitados. Pero si hubo un instante inesperadamente icónico fue durante el cóctel. “Alberto nos sorprendió lanzándose a cantar una canción que escuchamos mucho juntos”, cuenta Clara. “Cantar no es lo suyo, pero tampoco sabe lo que es la vergüenza”, bromea ella. Alberto se entregó por completo a la actuación, provocando carcajadas generales y convirtiendo la escena en uno de los recuerdos más espontáneos y celebrados del día.
La semana previa estuvo marcada por una amenaza constante: lluvia. El tiempo no dejó de cambiar y ponerles a prueba hasta el último momento. Pero entre planes alternativos del equipo de Casseroles y amigos entregados a rituales anti-lluvia —incluidos huevos a las Clarisas repartidas por toda España—, el cielo terminó respetando el evento.
Si hoy les preguntas qué cambiarían, responden sin pensarlo:
“Nada. Para nosotros fue perfecto tal y como lo vivimos”. Y quizá ahí está la clave. En una boda sin excesos innecesarios, muy pensada y profundamente personal, donde cada decisión —desde una puesta de sol en Fuerteventura hasta un imán con especias— hablaba exactamente de ellos.























